Introducción

A modo de introducción

Este libro es el fruto de la historia de una persona que padece esclerosis lateral amiotrófica, cuya grandeza debe y tiene que ser divulgada. No es el retrato de una vida noticiosa, plagada de méritos y honores públicos. Es un relato sencillo, el de una persona pequeña -como él- gran noticia que vive entre nosotros, como tantos otros héroes anónimos que pasan inadvertidos a nuestros ojos y que, vecinos de al lado, caminan muy próximos en esta travesía, en la búsqueda de un sentido para esta vida.

Algo descubierto en los años vividos, siquiera sea por la lectura, el estudio, el sendero transitado, el sentarse a mirar alrededor con calma o, tal vez, por pura y simple intuición, es que parece no haber un único sentido de la vida. Quizás y, desde la humildad que da el teclado y el posicionarse entre los millones de personas que se enfrentan a este reto, el sentido pueda ser el camino, pero no cualquiera. Quizás, esté en la trascendencia y en lo efímero de nuestro paso por esta tierra. Quizás, lo esté en la verdad prestada. Quizás, esté en, precisamente, en el “quizás”. Lo que parece claro es que a lo largo de la historia del pensamiento y de las distintas culturas no hay una respuesta única que pueda servir de bálsamo a los millones de “heridos” que lo buscan. Puede ser que lo que en todo caso sea valioso e interesante, de partida, esté en el planteamiento y su postrer búsqueda.

El plantearse el sentido de la vida ya es significativo de por sí. Logradas metas y más metas, perseguidos éxitos que se depositan en vitrinas o cuentas bancarias, liderado movimientos que aglutinan a espectadores más o menos oportunos, recibido el aplauso que a fuerza de oído se torna música de fondo, sentido el aire puro de la cumbre e inmortalizado en una instantánea…, siempre, siempre, llega la parada, el extracto bancario con sus números –nunca bastantes-, el olvido de los seguidores, el silencio de las butacas, el descenso de la cumbre, etc. Podemos volver a subir, sumar, lograr…; pero, inexorablemente, tras cada intento, a cada salto, sigue su caída.

Comienza entonces la búsqueda. La evidencia de la experiencia -que aseguran no suele coincidir con la edad cronológica sino con el número de vivencias-, demuestra que falta algo y, es ahora, cuando justo nos decidimos a hurgar en el baúl: buscando en nuestro pasado referentes que nos consuelen, escudriñando en el mundo espiritual una respuesta, analizando el presente y las diversas oportunidades que nos plantea, desechando las que nos parecen inalcanzables, mirando a un futuro que en este preciso momento ignoramos.

Y, hay personas, algunos afortunados, que tienen la suerte de encontrar…

Esta es precisamente la historia que se narra en este libro. La de Jesús. Prestigioso médico, investigador, gran hacedor de favores y bienes para con los más necesitados: los dolientes; que, un buen día, por una enfermedad, comenzó su búsqueda hacia adentro y encontró. Ya no más vértigo, ya no más atender a sus pacientes con el cariño y la entrega que lo hacía; sin embargo, descubrió –para fortuna nuestra-, que hay otras maneras de ayudar, de procurar el bien para los demás.

Y es que Jesús lo tenía fácil. Se llama como él y había andado a su lado hasta ese momento, hasta que la ELA se presentó. Su sentido, su camino estaba y está en JESÚS: Él lo llena todo y da sentido a su vida. A lo largo de esta obra el lector descubrirá la Fe que impregna estas páginas, esta vida. Sin pretender ser un tratado sobre teología, este libro está inevitablemente teñido de una profunda religiosidad. Perdidos los brazos y piernas de carne, Jesús encuentra sus extremidades en el alma. Ahora anda más ligero, aúpa a sus hijos en el aire con más fuerza que antes, abraza a su mujer con la ternura de cientos de brazos, besa con la palabra y acaricia con su sonrisa.

Los que le conocemos sabemos su secreto. Jesús se pone inyecciones: de cariño, de amistad y, sobre todo, de la Palabra; y, la verdad es que sus efectos son tan intensos, tan fuertes, que alcanzan a todos los que tenemos la fortuna de andar a su lado un tramo del camino.

Desde la “quietud” de su silla de ruedas, de su compañero el sofá, nos ayuda de otra forma, puede que no en el aspecto físico –con independencia de que no deje de atender consultas médicas con su teléfono-, pero sí en ese “rincón del alma” –como le gusta denominarlo-, para recordarnos con su ejemplo que hay otra vida mucho más plena. Una vida que va más allá de lo material, de la búsqueda del placer, del éxito… Una vida que dibujada en su permanente sonrisa, en su contemplación sosegada de las prisas de los que le rodean en búsqueda de no sabemos muy bien qué, en su disfrutar de las cosas pequeñas, en la valoración de lo verdaderamente importante, nos hace reflexionar y preguntarnos: ¿quién es en verdad el enfermo?

Esta es la historia que pretendemos condensar en estas páginas. Para ello, vamos a basar el relato en dos “patas”.

En la primera, haremos un recorrido cronológico de su vida, especialmente, a raíz de la vivencia de la enfermedad.

En la segunda intercalamos sus relatos. Serenas y valientes reflexiones que Jesús hace desde su sillón. Meditaciones que nos invitan a detenernos, a mirar a nuestro alrededor y hacia dentro. Ideas que, literalmente, nos desnudan con su sinceridad y saber hacer para que tras cada página leída, levantemos la vista del libro y nos permitamos unos segundos, esos que no tenemos normalmente, para preguntarnos, para sincerarnos con nuestro yo no-pensante, con el niño que abandonó su idea de transformar el mundo al descubrir que era tarea vana si el cambio no comenzaba en uno mismo, para… tomar un sorbo de una taza de buen café.

Esta obra se gesta por una doble casualidad. Queremos dejar claro que los autores de este libro no creen en la casualidad, más bien en la causalidad –algunos la llaman conciencia-, ya que todo tiene su causa y nada se produce por azar. Lo que sucede, normalmente, es que solemos ignorarla. Dicen que, poniendo la suficiente distancia, singularmente temporal, uno llega a comprender por qué pasó tal o cual suceso, por qué esta desgracia, por qué esta fortuna…

En este libro se suman dos causalidades

La primera. En el año 2004, tuve que ir a cuidar a mi hermano mientras se sometía a un tratamiento en un hospital de Barcelona. Fueron días de convivencia con la Enfermedad. Una planta de enfermos con padecimientos neurológicos de todo tipo: rapados, con costuras que les surcaban toda la cabeza, con halos atornillados en el cráneo, con cables que emergían de una venda en la cabeza… Días de observar por la ventana, por el mirador del hospital desde el que se contemplaba la ciudad de Barcelona, hermosa, con un mar muy azul de fondo, con sus ruidos, sus incesantes idas y venidas, su música ruidosa… Y nosotros allí. Parado el tiempo. Separados de ese mundo. Observadores de una realidad que, temporalmente, no era la nuestra. La nuestra era otra.

Tras una intervención “monitorizaron” a mi hermano. Unos cables que salían de su cabeza estaban pinchados en una máquina que registraba presiones intracraneales. Jesús estuvo conectado a esa máquina durante cinco días. Lo peor es que, cada vez que se movía, se producía una variación en el registro, por lo que el acompañante -en este caso el que suscribe-, tenía que hacer una marca en el papel y apuntar la causa: se ha movido, comer, va al excusado, etc., con el fin de que el neurólogo que lo atendía conociera las causas de esas alteraciones. Así día tras día y, lo que era peor, noche tras noche. Noches de insomnio y café en las que se descubre lo que se mueve una persona mientras duerme y no faltan ganas de atarlo para que se esté quieto de una maldita vez. Noches de observar a un hermano frente a la enfermedad. Noches de mirar y pensar, de mudar lágrimas, de buscar un por qué…

Pasado el turno de cuidador que me correspondía -ya que lo atendimos entre los cinco hermanos-, rendido tras días de vela y, una vez en el aeropuerto minutos antes del embarque, busqué en una tienda de libros uno que fuera de lectura fácil y sencilla que me acompañara en el viaje, que no me dejara pensar. Estaba cansado y tampoco buscaba literatura “complicada”. Elegí un libro que, por su portada y, sobre todo, por un mensaje de su cubierta, llamó mi atención: “Un testimonio sobre la vida, la amistad y el amor”. Además el título “Martes con mi viejo profesor”, era especialmente atractivo para un docente como yo.

Una vez en al avión abrí el libro y, cual no fue mi sorpresa -esos segundos interminables en los que se detiene el tiempo-, cuando tras la lectura de pocas páginas descubrí que el libro narraba la tierna y maravillosa historia de un enfermo, de la que poco más tarde se descubriría como la causante de la parálisis progresiva de Jesús: ELA (esclerosis lateral amiotrófica); y es que, en aquellos momentos, aunque no se le había diagnosticado aún la enfermedad de forma fehaciente, la sintomatología apuntaba a esta patología de entre otras candidatas.

Es difícil contar qué se me pasó en ese momento por la cabeza. Sólo queda el recuerdo de las lágrimas y la punzada de dolor. Sin embargo, conforme avancé en la lectura del libro descubrí el lado hermoso y humano de la enfermedad. Morrie Schwartz, el viejo profesor, habla con un antiguo alumno acerca de la vida desde su enfermedad, del compartir una comida con un amigo, del contacto físico con otra persona… Es posible que fuera un preludio de lo que viviríamos más tarde. No lo sé. Lo cierto es que aquel libro, releído y meditado en cada párrafo, se transformó en una bonita guía para entender y afrontar la ELA de Jesús.

La segunda. En una época de lector de libros de “autoayuda”, me aficioné a la lectura de las obras de Jorge Bucay. Creo que he leído todas las que ha publicado.

No hace mucho, descubrí en una librería un título que acababa de editar: “El camino de la espiritualidad”. He disfrutado con los otros cuatro “caminos” que escribió este autor, así que me decidí a sumarlo a mi biblioteca, a la especial, en la que tengo mis libros, los que no presto a nadie, los que me sienta mal que lean otros, pues, todos y cada uno de ellos me han dado algo y, en consecuencia, son mucho más que simples páginas encuadernadas: son mis compañeros de viaje.

Comencé la lectura del libro y entre los ejercicios que propone Jorge al lector hay uno que me animé a realizar. El objetivo era creer en y potenciar la intuición. Ese guía bajito y amable que llevamos dentro y al que no solemos prestar demasiada atención. Se trataba de imaginar un bosque. Había que entrar en él, transitar sus caminos, pensar su verdor, su calma, el aire que agitaba sus ramas, los sonidos de la arboleda… En un claro de la espesura hay un círculo de piedras. Siéntate en él, formula una pregunta –indica Jorge- y, espera. Algo o alguien aparecerá y te dirá algo. Escúchale. Es el señor bajito.

La verdad es que estuve por tres veces en ese bosque y no vino nadie. La decepción era más que evidente. Sin embargo me animé a intentarlo por una última vez. Me senté en el claro, en el círculo de piedras y, pasados unos minutos vino Morrie (el viejo profesor). Se me presentó bailando, en esa fotografía que aparece en las primeras páginas del libro.

Automáticamente surgió la idea. Yo no soy su alumno, ni mi hermano es el viejo profesor pero, yo aprendo mucho cuando compartimos momentos juntos, él me enseña con cada gesto y, por último, no tengo la suerte de que todos los martes sean nuestro tiempo, sin embargo sí que lo son algunos sábados cenando. “Sábados con mi hermano”, pensé.

Y así nació este libro.

No es el título de este “documento para el corazón”. A lo largo de este viaje juntos, mi hermano y yo hemos barajado varios. Jesús se empeñaba en que se llamara “inyecciones de cariño”. No estaba mal. Sin embargo a mí no me llenaba.

Escribiendo, apareció en más de una ocasión alguna cita a los “ángeles con bata blanca”, en referencia a todos y cada uno de los médicos que trataron a Jesús. ¡Ya está! Mi hermano era uno de ellos. “El ángel con bata blanca”. Algo no encajaba. Mi hermano ya era y es un ángel lleve o no bata: “El ángel blanco”. ¡Ahora sí! ¡Ese tenía que ser el título; además, las tres primeras letras me permitían componer el nombre de su enfermedad.

Por último, como no, te aconsejamos esa taza de café. Siéntate cómodamente en un sillón o en la terraza de una cafetería de una hermosa ciudad, aunque la verdad es que todas lo son. Si eres fumador, da un par de caladas a un buen cigarro que te rogamos vayas pensando en que sea el último y, sobre todo, permítete –insistimos- levantar la mirada del libro, consentir esa lágrima y mirarte. Es mi hermano y tiene ELA, pero, puede ser que esta historia, con otros nombres, otros escenarios y otras dolencias, no te resulte tan ajena. Es posible que estas páginas te inviten a pensar en algún Morrie cercano al que no llamas, al que no escuchas, al que no perdonas… No te lo pierdas.

También avisamos que no se trata de un libro dirigido en exclusiva a aquellos que profesen la fe católica. Esta obra, aún respirando una serena e intensa devoción, está escrita para cualquier persona; por eso, ya seas católico, ateo, protestante, agnóstico, budista, etc., no desaproveches la oportunidad de sentir esta experiencia, de transitar de la mano de Jesús unos folios de este sendero.

Este es el viaje al que te invitamos. El de una persona verdaderamente sana –a pesar de padecer esclerosis lateral amiotrófica- que, desde la alegría de su vida, desde su enfermedad, te agradece que lo hayas elegido para mostrarte su camino de la enfermedad. Esperamos que así sea e incorpores este libro a tu biblioteca del alma.

Que disfrutes y vivas esta historia.

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